.Son las catorce horas y diez minutos del catorce de junio de dos mil veinticuatro. La locución del autobús no solo anuncia la hora sino también la fecha, y no sé si eso me gusta, me preocupa o debería darme igual. Supongo que la programan así porque hay gente que, como dice el dicho popular, no sabe ni en qué día vive. Desconocen si ese asiento les sostiene mientras atraviesan una semana de enero, de mayo, o quizá no diferencian si estamos en dos mil quince o dos mil cuarenta y ocho . Dicen las afamadas cabezas tiktokianas que no ser conscientes de si es martes, jueves o domingo es señal de felicidad. Yo llego a otra conclusión: la gente influencer no sabe en qué mundo habita.
Puede que si estamos disfrutando de unas vacaciones, no tengamos ninguna necesidad de conocer en qué momento preciso de nuestro paso por el planeta nos situarnos, porque no importa. Las vacaciones son la suspensión de la obligación, un oasis amniótico en la rutina, el deseo de habitar por siempre esa -otra- vida. Deseo libre y disfrute con fecha de caducidad.
La realidad del desajuste temporal es otra. Desconocer la fecha del calendario en nuestra cotidianidad parece más un síntoma de estrés, de olvido, de un cerebro tan colapsado con millones de tareas que no tiene espacio para lo importante: el cumpleaños de esa persona, preguntar a la amiga qué tal está su padre enfermo, interesarse por la cita importante de la compañera. Tender la ropa al viento de la mañana en lugar de llevarla a que la laven –de nuevo- máquinas.
Hemos empezado a confundir estar permanentemente ocupadas, estresadas o con malestares que nos desajustan -ese no saber ni en qué día vivimos- con la plenitud y con una vida brillante, apasionante. Hemos empezado a querer parecernos a esas que no disponen de un segundo libre, y queremos ser así, ocupar cada hueco del reloj, a toda costa. Estamos haciendo muchas cosas y, también, perdiendo de vista lo importante. O más bien nos lo están haciendo perder, y junto esa emigración voladora de lo valioso también se marcha nuestra cabecita y sus pensamientos. Qué difícil es pensar cuando a nuestros problemas se une el basurero de información que engullimos a diario. Qué complicado parece intentar comprender o profundizar cuando el agotamiento se instala en cada músculo. Necesitamos parar, analizar sin interferencias, descansar la mente. Y en esa pausa, reconectarnos con las demás, valorando coincidir con ellas en esta misma franja espacio-temporal de la existencia, que ya es mucha suerte.
Escribiré a la EMT para preguntarle el porqué de recordar la fecha exacta, si es que la máquina ya venía así configurada por defecto o si verdaderamente tiene un motivo. De momento, cuando vaya en el autobús y la locución me anuncie el día en el que estoy, gritaré “¡Pero qué me dices! ¡15 de junio¡ ¿Dónde he estado yo todo este tiempo?”. Igual por ahí a alguien le sucede lo mismo, me tiende la mano y alzamos el vuelo.