Hay un niño, una niña, una madre buscando comida entre escombros. Quizá las bombas detengan sus pasos, quizá para siempre. Este lugar tiene nombre y es Gaza, lo sabemos, lo leemos, y seguimos masticando el bombardeo digital. Compartimos vídeos de personas desesperadas, fragmentos de discursos, sandías. Y, mientras tanto, en Gaza la sangre continúa en el lugar donde nunca tendría que reposar: fuera del cuerpo. Niños, niñas, madres, padres. Nuestras hermanas sufriendo. En Gaza y en otros cientos de sitios.
Mis palabras no paran bombas, la foto de la sandía tampoco. Pero entregar algo, lo mínimo, nos hace sentirnos humanizadas, poner la energía y la frustración en la denuncia digital nos devuelve el reflejo de una humanidad inconstante.
Pero nuestro cuerpo no está en riesgo real no somos quienes corren el riesgo de morir en cualquier momento en streaming. No somos esas personas y, por eso, nuestras limitaciones besan algún lugar enquistado. Y no es que nos dé igual, al menos a la mayoría de la población. Es que a Gaza se suma Trump y Putin y los precios del alquiler y la precariedad y el paro y los discursos de odio y el cambio climático y la enfermedad y los problemas familiares (y un poquito de merecidas vacaciones). Y ahora también el fuego. Porque algunos incendios, distantes o cercanos, son provocados y otros son fruto de la codicia y la maldad. Y podemos plantearnos qué importan las causas aquí, si todo son llamas que destruyen y arrasan la vida. Pero conocer el origen, la raíz, la fuente del calor infausto, siempre importa. Porque también algunos fuegos son naturales, espontáneos, llegados de la furia innata de las tormentas y de sus hijos, los rayos. Y ojalá un tiempo cercano en que alguna de esas llamas haga prender lo importante y se convierta en una pequeña luz, ojalá muchas luces, muchas pequeñas llamas que sean hogueras, muchos fueguitos -que diría Galeano-, unidos y vivos fuera de una red social, de un teléfono móvil, de un ordenador y de una casa. Luces de vuelta, amplias, limpias, con su sombra, pero con toda su espléndida fortaleza. Luces antiguas, sabias, expansivas y generosas que vuelven para proyectar sus ecos en otras, para incendiarse en belleza común.
Y al final se convierte en literatura lo que quiso ser destrozo. Y lo hace para iniciar –retomar– un camino que conocemos. El deseo de que la luz nos enseñe, nos enseñemos, el retorno a lo que en origen ya fuimos y seguimos siendo: un todo amoroso, sencillo, colectivo y resistente.