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Fue un año cercano y abisal. Las abejas no cayeron en la trampa, las niñas jugaron con la tierra. Sus uñas negras se lanzaron a mis ojos. Niñas, niñas, por favor, seamos cuerdas. Que yo hable de cordura tiene algo … Sigue leyendo

Matar y soñar

Me despierto con un ligero dolor de cabeza. No es siquiera dolor, es más una presión, como un taladro amortiguado por una masa de espuma. Me despierto perdida, sin entender lo que he soñado. No sé qué clase de desagüe emocional se escurre durante la noche, pero este es caudaloso y siniestro.

Habíamos matado a alguien. A una persona o dos. Yo no sabía exactamente quiénes eran, pero las habíamos matado. Estaban tapadas con largos plásticos en un terreno, una especie de vertedero que nadie iba a visitar. Las autoras del crimen éramos dos. A la otra mujer no la conocía. Habíamos estado hablando con mucha gente sobre lo que había pasado, sobre esas desapariciones, aunque no habíamos revelado nuestra implicación en los asesinatos. De repente, un día vino a buscarme un juez, o abogado o policía con el que ya habíamos hablado y manteníamos una buena relación. Sabía por qué venía, pero él me lo confirmó. Qué decepción, de verdad, yo que confiaba tanto en ti. Habían dado con los cuerpos, y deducían quién era la asesina primigenia. Más que cualquier otra cosa, lo que más sentía era haber defraudado a ese señor, haber acuchillado su fe en mí. Me llevó hasta los alrededores de la cárcel y me explicó cómo iba a ser mi vida a partir de entonces. Todavía quedaban pruebas por revisar, pero mi destino estaba bastante claro. Unas horas después, en  medio de una noche plegada y descompuesta, se originó un incendio. Un extenso fuego devorando al completo el terreno del cadáver. De repente, la absolución. Los cuerpos ya no existían. Las pruebas tampoco.

Qué fácil el fuego, la desaparición. Qué sencillo y liberador deshacerse del castigo. Iba a ir a la cárcel y me zafé. Qué livianeza.

Me despierto cansada, con el peso de la absolución en las pestañas. Con el peso de haber matado.

Quizá lo haya hecho y no sea un sueño.

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El agua es clara, la luz nueva, el tiempo solo una ilusión. Miro el horizonte y pierdo el odio, el rencor, la envidia. Si mis objetos se marchan no los rescataré. Que sean dichosos donde vayan. En lo alto de … Sigue leyendo

Alguien a quien solía conocer me habló una vez de pájaros bailadores, de ritos, de sorpresas y celebración. Me habló de nuevos lugares, de indicios, del calendario, de música mágica, hipnótica, frenética. Me habló y me habló y yo bebí de ese afluente de buenos presagios.

Pero un día no. Ya no. Un día solo el silencio. La caja del lenguaje se vació. Yo que la hacía inagotable.

Las palabras. Las palabras son como la ropa: se desgastan al usarlas demasiado.

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Sin puertas ni ventanas. Hemos vivido durante meses en espacios cerrados con vistas a un cielo imposible. Y ahora, ahora que queda menos para no sabemos qué, se avecina temporal. Puede que la suerte asista y sigamos avanzando, pero también … Sigue leyendo

Digamos

Y entonces
y a veces
nada es igual a lo
anterior ni
apenas distinto

Digamos solo: caduca agosto
las plantas crecen y las golondrinas
mantienen su viaje
en medio de un cielo
nutrido en llamas

Meses

En febrero tenía previstos los ingresos y gastos hasta septiembre.
No eran cuentas malas, tampoco las mejores. Solo eran las mías.
Llegó marzo y la hecatombe y todo cambió.
Aunque algunos hechos habrían llegado con o sin pandemia:
decir adiós a enredos necios, liberarme de las lanzas,
rechazar a quien exprime.
Ya lo dicen, hasta que haya vacuna, el virus permanece.

Luego inicié la siembra para mañana.
Regué las plantas, atusé las nubes.
Aireé (lo justo) la herida.

Las palabras me dan almohada y el menú del día.
Y si no hay fortuna, persisten las ideas.
Y las hojas de septiembre.

Asolada

Para asolar tu carne solo preciso lengua de fuego
boca serpiente
y unas cuantas palabras misil
Si entonces quieres un baile será desmembrada y ya
sin ritmo
en alguna calle abierta
con serpentina y banderolas
Libres de fiesta
los adornos aún
sobre la piel lacia

La cena

Algo más. Algo más que un cuerpo con nombre, apellidos y número de identificación.

Más que ropa reusada y falta de contrato.

Masticas la infracción ya sea en casa o en la acera.

Tu registro te delata. O aún más fácil: no hay registro.

¿Deseos, dolores, heridas sin sutura también suman?

Para ellos solo es carne: negra, roja, amarilla o amoratada. Pero carne.

Carne infectada que llega para perturbar su cena.

Fuego

Fue hace tiempo, mucho y compacto.
Las tardes aún sabían a semillas de amapola y las mañanas, a furor.
Los besó y desapareció calle abajo.
Se llevó una mochila, pan y el tacto de unos labios agrietados.
Entre otras cuatro paredes, aprendió las presuntas verdades de la vida.
Hasta que el sol se situó en el punto más alto.
Entonces regresó -el regreso siempre insiste-
En la cuesta, calle arriba, encontró una casa en llamas.
Un fuego vencedor ya sospechado.

¿Cuántas horas lleva ardiendo?